Desde que conozco la serie The Simpsons, he encontrado a muy poca gente que no disfrute con sus aventuras. Los hay que no son grandes aficionados, pero la mayoría, aunque no lo vean con asiduidad, siempre echan un par de risas al ver algún capítulo suelto. Y es que, al menos en las temporadas clásicas, sus creadores han sabido combinar el humor más grueso con toques muy sutiles, críticas brutales a la sociedad en la que vivimos y una ternura que nunca caía en la cursilería.
Es por ello que me siento muy fan cuando me indigno al leer la descarnada crítica de Natalie Hanman contra esta fantástica serie que nos hizo pasar tan buenos ratos. Si los argumentos me hubiesen parecido tener algún sentido, quizás no me hubiese molestado tanto, pero están basados en reflexiones acerca de esta serie de animación claramente deformados por alguien que no la ve con asiduidad.
En primer lugar afirma que todos los episodios son iguales. Homer hace una burrada, intenta arreglarla de una forma disparatada, la estropea aún más hasta que Lisa o Marge deshacen el entuerto. Esto se cae por su propio peso; por poner un par de ejemplos, el enamoramiento de Lisa por el profesor sustituto o aquel en el que Bart se cartea con su profe simulando ser un adulto enamorado.
Por otra parte, considera que la serie no refleja la vida tal y como es. Desde luego que no lo hace. Pero no lo necesita para ser un referente crítico de una vida plagada de consumismo, gente egoísta y algún que otro disgusto existencial. Los problemas de la familia son problemas que la mayoría de nosotros hemos vivido en nuestras propias carnes, aunque siempre llevada al extremo más increíble, y aderezada por abundantes toques de surrealismo.
Y, desde luego, no es el humor de burrada tras burrada que considera la autora del artículo, o al menos no lo es todo el tiempo. En un diálogo típico de los Simpson como este (cito de memoria):
Homer: Marge, voy a estar toda la noche escribiendo así que prepara café, bébetelo y ponte a hacer hamburguesas! encontramos muchas, pero que muchas cosas además de humor.
Pero en el último párrafo se le ve definitivamente el plumero: no entiende que unas carcajadas sobre nosotros mismos y cómo nos ven los demás realmente son el mejor modo de tratar de ser mejores.
Enlace: I can’t stand The Simpsons
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