
Desde la poco gloriosa etapa de Telesierra, siempre sentí una gran repulsión por esos concursos increíblemente fáciles, con premios jugosos y con presentadores… perdonen la palabra: gilipollas. Es toda una odisea verlos sin perder la paciencia, sobre todo cuando gritan ¡última oportunidad! durante 45 minutos seguidos.
Se dice por ahí que los tontos de la clase de Periodismo terminan allí y les graban a fuego en la cabeza frases como: “Si es que más fácil no puede ser”, “Venga llama ya”, “¡Qué premios los que tenemos hoy aquí!” o el desconsolador “Venga que estoy esperando tu llamada”.
Pasada la 1,30 de la madrugada acampan a sus anchas por prácticamente todos los canales de televisión. Son el sustituto ludópata del porno cutre, de las películas de antaño, de las series malas o incluso de los documentales soporíferos. A los que deberíamos llevar al paradón son a nuestros amigos de Cuatro, que nos han colocado un engendro parecido a media mañana: eso no se hace.
¿Que me estoy pasando? Para nada, son una plaga. Y eso por no hablar de la máquina de generar dinero que significan a base de costes de producción baratísimos y por supuesto, a base de limpiarle los bolsillos a los incautos que llaman.
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