
Esta sobremesa he tenido la mala suerte de ponerme frente al televisor para echarle un vistazo al nuevo programa de Cuatro Fama: ¡a bailar! La primera sensación han sido: repelús por el mareo de cámara continuo, los planos intercalados y el exceso de rótulos; la llegada a la casa ha sido de infarto. Casi me desmayo de ver a todos los participantes corriendo por todas partes, gritando y contorsionándose sin parar.
Pero lo más llamativo de todo es sin duda la sensación de “esto ya lo he visto”; Cuatro no se ha esforzado lo más mínimo -como sí hizo en Factor X, aunque le salió mal- por ocultar que el programa es una copia de muchos realities ya vistos: la casa es calcada de GH pero a lo bestia; los concursantes no son elegidos sólo por sus capacidades artísticas sino también por su carga emocional y la tendencia a generar conflicto: o eso, o todos los artistas son unos desequilibrados que lloran a la más mínima; Paula Vázquez aún se cree que está en la selva -hace exactamente lo mismo…- y los profesores… ay los profesores, clones de todos los que han pasado por las diversas academias “artísticas”: sensibles pero severos a un tiempo, desprecian para luego ensalzar, en un perpetuo juego de “valgo mil veces más que tú pero si destruyes tu vida lograrás ser cómo yo”. Y yo que creía a finales de los noventa que el mito del ambicioso peliculero se había acabado.
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