En defensa de Telma Ortíz
Imagínese que un día desayuna tranquilamente y, cuando salen de casa para ir a trabajar, se encuentra en el portal a una decena de fotógrafos que le rodean y le siguen, disparando sus flashes, hasta el coche, que le persiguen hasta el trabajo, que le fotografían cuando sale a fumar un cigarro, que en las revistas publican un reportaje de diez páginas sobre su visita al urólogo…
En ese momento usted puede pensar que ha muerto y le ha tocado ir al infierno. Puede que sea eso, o puede que su hermana haya decidido casarse con alguien de la realeza. Imaginen que porque haya aceptado a duras penas que le hagan una foto cuando ha ido a esa boda de alta alcurnia por no hacerle un feo a la hermana unos cuantos acosadores se creen con derecho a saber hasta su talla de bragas/calzoncillos.
Este sencillo ejercicio de empatía ha de bastar para darnos cuenta de que la demanda interpuesta por la Ortiz contra un puñado de medios de comunicación está más que justificada. Convertir la vida de una persona en un suplicio para alimentar los minutos de cotilleo entre los anuncios que hacen ganar pasta a las televisiones no es ya impropio, sino malvado. Desde aquí muestro mis deseos de que gane la demanda, especialmente por el precedente que establecería en nuestro país.
Especialmente perversa me ha parecido la mini manifestación de unos tipos que creen que no importa el sufrimiento de otros mientras ellos tengan con qué entretenerse, mientras tengan sus programas rosáceo-amarillentos y sus revistas de cotilleos. Si fuese un famoso con pasta contrataría a unos paparazzis desalmados para que le hiciesen una visita al organizador de tal locura. Tras unos cuantos días soportando carrerillas en la calle, quizás se arrepentiría de su indiferencia por la desgracia ajena.
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