
Teniendo en cuenta que asistí al estreno de esta serie con todo el desinterés del mundo, ni tan siquiera hace falta decir que la serie muestra a una serie de adolescentes descerebrados que pretenden hacer pasar por rebeldía lo que no es más que sometimiento a los cánones del marketing. Tampoco es necesario apelar a la mala calidad de la mayoría de sus actores, o a que las promos ofrecen una visión totalmente distinta a la realidad de la serie.
Y es que, incluso ignorando todos esos defectos, la serie sigue cayéndose por su propio peso: es aburridísima. No hacía falta demasiado para estar, como mínimo, a la altura de la media de la producción nacional. Y aún así, la cosa se queda bastante por debajo. Si damos por supuesto que la serie no representa la realidad de los adolescentes española -y no la representa-, tampoco cuela, porque las conversaciones entre los protagonistas no tienen la más mínima verosimilitud.
Y el mayor pecado de todos: la falta de ritmo. Si se supone que hay una trama de thriller, poco hemos visto que nos proporcione el gusanillo para seguir enganchados. Su segundo capítulo empieza con el regreso a casa de una de las protagonistas tras una muerte traumática. Dice que huele a cerrado, descorre las cortinas pero no abre las ventanas. Máxima metáfora de la mecánica de esta serie.