
Ojo, si aún no has visto Battlestar Galactica de cabo a rabo, ni se te ocurra leer esta entrada, contiene spoilers de la última temporada de la serie.
He tardado unos días en terminar de digerir los dos últimos capítulos de Battlestar Galáctica. Mis sensaciones tras la última imagen de la serie son ambiguas. La season finale ha tenido todos los elementos necesarios para hacer de ella un momento televisivo para el recuerdo, al estilo Galáctica: vómitos, borracheras, chicos y chicas guapas, sangre, tripas cylon, combates espaciales y mucho, mucho misticismo. Quizás demasiado. Pero esto no es nada nuevo.
Sin embargo, ese misticismo ha permitido que una cuestión fundamental quede sin respuesta: ¿qué demonios era Starbuck? ¿Un ángel? ¿un tipo de cylon desconocido? ¿una diosa? Su desaparición, además de frustrante y triste, es un alivio probable para un guionista que no sabía salir del lío en el que se había metido.
Y con esto nos vamos al tema polémico: la idea de acabar en una tierra primigenia es una idea genial, perfectamente engarzada con la idea de los ciclos, recurrente en la serie. Ya me esperaba, cuando se descubre el pastel, que los supervivientes de las colonias fundasen la Atlántida, o hiciesen de monolito de 2001. Todo muy sci-fi clásica. Pero no, la cosa al final terminó en un alegato ecologista y anti tecnológico muy pero que muy cutre. Les aseguro que mi mayor decepción televisiva de los últimos tiempos viene de esa conversación de Apolo con su padre en la que propone esparcirse por el planeta y abandonar todo rasgo de tecnología y de organización política para no repetir el ciclo de destrucción.
Bravo. Así que lo mejor para empezar de nuevo es pretender que médicos, ingenieros y políticos olviden todo el conocimiento de siglos para empezar de nuevo. Por supuesto la idea es tan ridícula que aún no sé si los propios guionistas se ríen de la misma cuando muestran a Adama con el corazón roto hablando del diseño de su casa o a otros colonos planificando cómo desplanificar su existencia.
Para acabar de rematarlo, escena final macarra de esos alter egos de Baltar y Cáprica en la Nueva York del siglo XXI hablando como telepredicadores y, tras el cameo de Moore, videoclip con canción chuli de Jimi Hendrix con robots reales amenazantes. Venga chicos, vayamos todos al monte a renegar de nuestra inteligencia, de nuestro amor por el conocimiento y, aunque sabemos que lo mejor para cazar es un arco y unas flechas, usemos mejor una piedra, que es menos tecnológica. Por favor.
no te has enterado de nada
¿Podrías concretar? Porque si no, me parece que la crítica no es muy “avispada”
Hay muchas formas de acabar una historia, todas respetables. Lo único que importa es la forma de contarlo, y de hacerlo bien. Un buen final, a mi parecer, debe atar unos cabos, debe dejar otros sueltos, tal como sucede en la vida real. Los guionistas de Galactica ciertamente han elegido una forma de acabar su gran historia, y la han contado bien. Cierran caminos, abren otros. No debemos olvidar que es ciencia ficción, una historieta, y no frustrarnos si nos dejan los caminos abiertos, como si nos produjese ansiedad que no nos cuenten el colorín colorado que nos contaban de niños pequeños (lo digo por Kara Trace, que me parece muy bien cómo lo han resuelto, porque no hay que explicarlo todo, existe una cualidad humana llamada imaginación…). Como toda obra creativa puede gustar o no. ¿Qué me parece acertado? La forma y la manera. ¿Qué me parece erróneo? Tal vez alguna pincelada moralista. Pero en conjunto es un final grandioso a la altura de la serie. Como toda obra creativa lo importante es que conecte y emocione y a mi me ha conectado y emocionado. Hurra por Galactica. Larga vida en el imaginario colectivo!