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Soy super fan de Me llamo Earl (o Mi nombre es Earl si lo prefieren, que a mi me da igual). Cada cierto tiempo me gusta revisar su episodio piloto. Me parece magistral. Su capacidad de situar la acción y presentarnos a los personajes en los primeros dos minutos y medio, a un ritmo vertiginoso, me atrapan cada vez que lo veo como si fuera el primer día.
La importancia de un buen inicio es básica si queremos que el espectador se quede hipnotizado delante del televisor. Una pena que los responsables de ficción española no piensen así. Prefieren dejar las cosas exageradamente bien claras, aunque ello signifique parrafadas de diálogos artificiales, escenas recargadas, planos con miradas que dejen al descubierto las relaciones entre los personajes. Quieren darle tan masticado el producto al televidente que en la primera media hora casi le cuentan toda la trama.
Ese miedo nace desde la desconfianza hacia el espectador medio. Y por desgracia parece ser el motor que mueve la programación de todas las cadenas estatales. Así, afloran los programas clónicos cuando triunfa un formato como está ocurriendo ahora con Callejeros. Se infravalora a la audiencia. Y por eso, encontrar arranques, como el que mencionaba al principio de Me llamo Earl, en la ficción propia, no es posible. Aquí prefieren escenas interminables jugando con el equívoco que puede producir la palabra 'fiambre' como en la primera entrega de Los misterios de Laura de TVE.