¿Qué puede ser más interesante que una mujer de cuarenta años, recién divorciada y con un hijo de diecisiete correteando detrás de jovencitos buenorros y emborrachándose como una universitaria? Casi cualquier cosa. A partir de esta débil premisa Courteney Cox se las arregla para decepcionarnos aún más, incluso a los que, después del bodrio de Dirt, ya no esperábamos nada.