Canon, o la pureza de pensamiento en la ficción

Star TrekCanon es una marca de cámaras de fotos, una cosa muy mala que la SGAE cobra por los DVD, los discos duros, los teléfonos móviles y próximamente los sets de escoba y recogedor. Canon es también una cosa de arte que tiene algo que ver con los griegos y que no es el momento de explicar. Pero, ¿a qué nos referimos con canon cuando hablamos de una obra de ficción?

Se han librado encarnizadas guerras —en foros de Internet, sí, pero eso no las hace menos encarnizadas— en nombre del canon: se han roto amistades, se han separado matrimonios, se han eliminado amigos en el Tuenti e incluso se ha derrocado a reyes en el nombre del canon, que no es ni más ni menos que el corpus de obras considerado determinante para establecer qué ha ocurrido y qué no en un universo ficticio. Y lo que significa eso lo explico después del salto.

La primera vez que se utilizó la palabra canon en ese sentido fue a principios del siglo pasado. Sir Arthur Conan Doyle creó al detective más famoso de todos los tiempos —a excepción de Batman, claro— en la figura de Sherlock Holmes. Pero cuando Sir Arthur se hubo cansado de su personaje, pronto salieron imitadores que utilizaban el mismo marco y los mismos personajes para contar historias. Pero entonces los fans llegaron a una conclusión: que sólo las obras escritas por Sir Arthur eran canónicas. Es decir, las nuevas historias escritas por nuevos autores podían contradecirse entre sí, pero en ningún caso a las historias escritas por el autor original. Había nacido el concepto de canon.

Es fácil ver como es un problema nuevo. Antes de finales del siglo XIX las obras de ficción tendían a limitarse a ser obras literarias creadas por un solo autor. No obstante, con la industrialización nacieron las novelas por entregas y con ellas el concepto de continuidad que manejamos hoy en día. Por más que transcurran ciento ochenta entregas entre dos historias, si Miss Hawthorne era coja en la primera, deberá serlo igualmente en la segunda o por lo menos dar una explicación razonable de por qué ha dejado de serlo. Como por ejemplo, que es un mutante con ADN de lagarto y puede hacer que le vuelvan a crecer miembros perdidos.

El auge del concepto de canon se produce, no obstante, en los años 70, en plena locura de la ciencia ficción. Los fans de Star Trek y, posteriormente, de Star Wars, tenían suficiente tiempo y suficientemente poca vida social como pasar el tiempo examinando hasta el más ridículamente irrelevante de los pormenores de su obra favorita. Si a ello añadimos la complicación adicional de los universos expandidos —representaciones de un mismo universo en medios que no son los habituales, como por ejemplo una novela de Star Wars— poblados por un millón de autores a sueldo que ni saben ni les importa lo que pasa en nada que no sea su novela, tenemos una receta para la locura.

En un principio, a los creadores les pilló despistados. Cuando les hacían preguntas como «¿Pero por qué en el episodio 16 de la segunda temporada Pippin, el oso cibernético del planeta Grempf no reconoce a Lily Sunt como gobernadora de Sklarbfast, si en la tira cómica que se publicó detrás de una tapa de yogur en Ucrania claramente son presentados por el Orador de Nabargrax?» francamente no sabían que responder.

Ahora, gracias al cielo, la cosa viene mucho más preparada. Hay un canon oficial tanto de Star Trek como de Star Wars, sancionados ambos por sus respectivos creadores en persona. En el universo de Joss Whedon él se ocupa personalmente de autorizar o no una obra como canon. Se habla de canon también en LOST, el Whoniverso... ¡Incluso en Desperate Housewives!

Así que, queridos lectores, cuando en una discusión oigáis a alguien decir «si, pero es que eso no es canon» ya sabéis a qué se refieren. Otra cosa aparte es que si os encontráis en ese tipo de discusiones demasiado a menudo quizá tengáis que plantearos cambiar de entorno por uno que no le tema a la luz del sol.