Suspensión de la incredulidad: eso sí que no me lo creo

La suspensión de la incredulidad nos permite pensar que eso en un Cyberman y no un accidentado de tráfico tocando el acordeón

Este concepto, la suspensión de la incredulidad, es la base fundamental de que exista la ficción tal y como la conocemos. Y de cualquier otra manera, porque al fin y al cabo la ficción tiene una cierta tendencia a ser increíble. La cuestión es que nosotros, como receptores de esa ficción, estamos dispuestos a pasar por alto un cierto grado de fantasía con tal de divertirnos. Lo que quiero decir es que si mañana en el ascensor la vecina nos cuenta «Pues si, hijo, sí, el otro día a mi hijo le quitaron el esqueleto y se lo cambiaron por uno de adamantium. Está que trina, el pobre.» no nos lo vamos a creer. Ni un poquito. Y sin embargo, si ocurre en un cómic estamos un poco más dispuestos.


El problema es que la suspensión de la incredulidad tiene un precio. Estamos dispuestos a creernos cosas un poco increíbles, pero no de cualquier manera. Por alguna razón, la mente humana exige que exista una verosimilitud, una explicación que, si bien no es necesario que esté conforme con la realidad si tiene que tener una coherencia lógica interna. Cómo se llega a esa coherencia es más complicado de explicar, porque tiene mucho de folclore, de tradición cultural, de pseudociencia y de percepción personal. Daría para un estudio académico más que para un post en un blog.

Lo que sí podemos identificar muy claramente es el momento en el que una obra de ficción franquea ese límite no escrito y llega a un punto en el que supera nuestra suspensión de la incredulidad. Es el momento en el que decimos «eso sí que no me lo creo». Podemos aceptar que Kate Floop, la espía interestelar cazadora de demonios, tenga una agilidad sobrehumana, capacidad acelerada de curación, puntería sobrenatural con el fusor láser y un sexto sentido que le avisa de cuando su hermano gemelo perverso, Roy Mauvais, está cerca de cometer un asesinato. Pero la escena en la que salta desde un dirigible en llamas sobre las cumbres de los Alpes y aterriza sobre una plancha de madera que utiliza para bajar haciendo snowboard hasta el pueblo más cercano, eso ya es demasiado. Eso sí que no me lo creo.