¿Qué hizo mal Dollhouse?

Dollhouse

Se lo pregunta nuestro teleadicto canadiense favorito, y tiene sus propias respuestas, pero no es el único, queridos lectores. Después de la emisión el pasado viernes del final finalísimo de Dollhouse (Epitaph Two) yo también me lo he planteado. ¿Y qué hizo mal Dollhouse? Un montón de cosas, créanme. Demasiadas.

Ojito que hay spoilers.

La primera temporada fue el principal problema. Básicamente, demasiados episodios de «encargo del día» hicieron que la trama no avanzase demasiado. Y el problema es que en Dollhouse, si no avanza la trama, no tienes protagonista. Durante toda la primera mitad de la primera temporada, Echo simplemente no estaba ahí. La cosa no mejoró mucho en la segunda mitad: Echo estaba ahí, pero no se asomaba demasiado. Si sumamos esto a que Boyd y Ballard tampoco caían demasiado bien y Topher Brink y Adelle DeWitt eran demasiado amorales como para que nos identificasemos con ellos... ¿Por quién íbamos a volver a la semana siguiente? La respuesta fue que la gente no volvió.

La segunda temporada tuvo sus problemas también, y es que después de trece episodios de no contar nada, de pronto decidieron contarlo todo. Y con todo me refiero a muchísimo. Los episodios estaban tan llenos de continuidad que se nos salía por las orejas e incluso empachaba un poco. No obstante, si tuviera que elegir entre el ritmo fúnebre, casi estático de la primera temporada y el ritmo frenético e hiperactivo de la segunda, me quedo con la segunda, que por lo menos nos mareaba a golpe de giro argumental una vez por semana como mínimo.

El final, magnífico y apoteósico. Nos importaba Echo, nos importaban Priya y Tony, ¡nos importaban Topher y Adelle! Y todo eso lo habían conseguido en solo trece episodios. Pero no crean que lamento la cancelación: soy consciente, como debería serlo todo el mundo, de que la segunda temporada de Dollhouse es como es porque sabían que era la última.

Y por una vez en la vida, eso ha sido algo bueno.