[Recap] 5×08 Doctor Who: The Hungry Earth

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Hay dos formas —para el guionista— de afrontar un episodio doble. Una posibilidad, que ya hemos visto esta temporada con The Time of Angels/Flesh and Stone es tratar cada parte como una historia independiente o casi independiente, cada una con su tono y su estilo pero enlazadas en lo temático. La otra es simplemente tratar la historia como un episodio de noventa minutos, en la que la primera parte son, esencialmente, cuarenta y cinco minutos de planteamiento. Ese es el caso de The Hungry Earth y, afortunadamente, nos deja hambrientos de aventuras para la semana que viene.

Esto no es Río

Me voy a repetir un poco, con vuestro permiso, pero hay algo que empieza a ser muy evidente en esta temporada: el retorno a las formas clásicas. Muy lejos queda ya el urbanismo recalcitrante de las primeras temporadas de RTD: la ubicación de esta historia es una pequeña —tan pequeña que solo tiene 5 habitantes— aldea del sur de Gales, Cwmtaff. La localización rural, el tono familiar, la llegada accidental, todo parece sacado de los mejores momentos de la serie clásica. Eso, y por supuesto, los Silurians.

Con ello no quiero decir que The Hungry Earth sea un refrito, porque afortunadamente es muchísimo más que eso. Es difícil encontrar un serial clásico que combine con tanta maestría como esta historia humor, terror, desarrollo de personajes y elegancia de producción. El resultado no es una historia evidentemente buena: es una historia que requiere atención al detalle y paciencia, porque el ritmo, sin ser lento ni pesado, no es la montaña rusa de acontecimientos a la que nos ha acostumbrado el nuevo Who. El guión se beneficia de tener espacio para desarrollarse al ritmo que requiere, sin precipitarnos. Así pues, no vemos al monstruo —al supuesto monstruo— hasta bien entrado el episodio.

Homo Reptilia

Los Silurians son un ejemplo de los grandes triunfos de este episodio. Confesaré que tenía un poco de miedo desde que leí que pensaban reinterpretar a los Silurians para el s. XXI. Eso de reinterpretar para el s. XXI suele ser la antesala del desastre, pero no es el caso. Los han actualizado —el nuevo maquillaje es sencillamente espectacular, mucho mejor que las máscaras de látex de sus anteriores apariciones— pero han sabido mantenerse fieles a su espíritu, porque el escaso vistazo que tuvimos a su personalidad es absolutamente fiel a la tradición whoviana: una raza orgullosa, no malvada por definición, que defiende lo que considera suyo y no se arredra ante lo que considera un ataque por parte de los advenedizos simios.

Por una vez es agradable ver un enfrentamiento que no está coloreado en blanco y negro: estos son los malos, estos son los buenos. No, aquí no hay ni malos ni buenos. Los Silurians y los humanos son dos lados de una guerra en la que ambos tienen la misma motivación: librar a su amado planeta de unos usurpadores oportunistas. El Doctor ha aprovechado para dejarlo claro: no está del lado de los humanos, igual que no está del lado de los Silurians. Su objetivo es la paz entre ambos, y no que unos exterminen a otros.

La desaparición de Miss Pond

La sorprendente ausencia de Amy ha tenido una utilidad mayor de la que yo habría esperado: Rory ha tenido tiempo de brillar por sí mismo y no como mero comparsa. El resultado, excelente, está a la vista de todos. El resto de los humanos está igualmente al nivel, y es que si en Doctor Who estamos acostumbrados a una excelente calidad interpretativa, este episodio se lleva la palma, y más concretamente el personaje de Nasreem Chowdhry.

Empezamos a notar —y al octavo episodio ya iba siendo hora— cuáles son los temas de esta temporada. El tiempo que se acaba, por ejemplo, porque hemos oído alguna variación de «time's running out» en cada uno de los episodios. Otro es la supervivencia: la de los Daleks, los Hermanos del Agua de Saturnyne, la de los Weeping Angels, incluso la de los Eknodine en Upper Leadworth... Hay definitivamente un leit-motiv en marcha con el renacimiento y la supervivencia de una especie.

Con todo, no podemos decir que sea un episodio redondo. Como decíamos, se trata de cuarenta y cinco minutos de planteamiento, y no podemos evitar sentir que nos falta algo. Es evidente el qué: la segunda parte, que, si es capaz de cumplir las promesas de la primera, podría convertir esta historia en un clásico.

PD. No hay grieta en The Hungry Earth, ¿verdad?