[Recap] Doctor Who: 5×09 Cold Blood

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Como dijimos la semana pasada, ésta es una historia en dos partes cuyos episodios no se pueden ver por separado. Como si de un episodio de 90 minutos se tratase, la segunda parte es la que da sentido a todo lo que ocurrió en la primera. Dijimos también que estaba en la mano de Cold Blood convertir el regreso de los Silurians en una historia auténticamente memorable. La buena noticia es que lo consigue. La mala noticia—las malas noticias son tantas que no sé por donde empezar.

El planeta de los lagartos

Si bien la escasa aparición de los Homo reptilia en The Hungry Earth apuntaba maneras, es su desarrollo en esta entrega el que termina de convencernos de que traerlos de vuelta era una buena idea. Siempre es agradable ver un enemigo que no es tan evidentemente malvado como los Daleks o los Cybermen, sino una raza en busca de su superviviencia, justo como la humanidad. Si a eso añadimos que realmente tienen todo el derecho del mundo para querer quedarse con la Tierra —ellos estaban aquí antes, después de todo— la amenaza no es tan blanco-y-negro como es habitual en un programa familiar.

La disensión en las filas Silurian llena de caracterización a una raza que podría haber sido fácilmente representada como monstruos subterráneos. El elegante giro en el que descubrimos que el científico «loco», lejos de estar tan loco, es un hombre de ciencia sensato y pacífico, es magistral, y sólo por eso perdonamos a Chris Chibnall, guionista de esta historia, su olvidabilísimo desliz en Torchwood con Cyberwoman.

Algo pasa con Rory

Y sin embargo, lo más recordado de esta historia no será su elegante sencillez, ni los personajes bien delineados, ni los diálogos ingeniosos. No porque no los haya, que los hay y en cantidades muy aceptables, sino porque como ya hizo Russell T. Davies en Utopia, los últimos diez minutos del episodio eclipsan todo lo que ha ocurrido antes. La grieta que aparece de la nada, el fulgor de la explosión de la Pandorica... y Restac, la comandante Silurian que se niega a morir.

No es la primera vez que muere un companion en Doctor Who, pero desde luego es probablemente la más impactante. En primer lugar porque no es un noble sacrificio por salvar a la humanidad ni nada parecido: es una casualidad, es mala suerte. Es un noble sacrificio, sí, pero por salvar a alguien que probablemente se habría podido salvar por sí mismo. Y la desesperación de Amy ante una muerte tan gratuita, cuando ya creían estar a salvo, no puede evitar traernos ecos de la muerte de Tara en Buffy.

Lo más aterrador de esta muerte es precisamente el hecho de que Amy lo olvide todo. Porque con toda su desesperación, su llanto y su pena, cuando la grieta termina de absorber el cadáver de Rory, ella ya no recuerda nada. Porque Rory no ha existido nunca. Quizá eso sea lo más conmovedor. El amor que, aunque oculto, Amy nos ha demostrado en varias ocasiones que siente por Rory, ya no existe. No sólo eso, el tiempo se ha reescrito para que nunca haya existido. Así que vamos a mandar un mensaje desde aquí al Gran Moff, porque no estamos contentos: esperemos que la Pandorica arregle esto de alguna manera, porque vamos a echar mucho de menos a Rory. He dicho.