Hot in Cleveland: las chicas de plata

Siéndoles extremadamente sincero les diré que no se me habría ocurrido echarle un vistazo a Hot in Cleveland si no hubiera sido por la presencia de Betty White, la musa octogenaria de la cultura pop de esta temporada. Siéndoles más sincero todavía les diré que eso habría sido un gran error. Un momento, un momento—no lancemos campanas al vuelo porque si esperan una comedia posmoderna con inteligentes giros argumentales y tramas novedosas, la van a tener que buscar en otra parte. Hot in Cleveland es una *sitcom, y para más señas la primera incursión de la cadena de cable TVLand en la producción propia, y hace exactamente lo que pone en la etiqueta: es una sitcom, con sus fórmulas, sus lugares comunes y sus personajes bidimensionales. ¿Y saben qué más es? Divertidísima.

Curiosamente, y esto no es a causa de la presencia de la White, a la serie que más me puede recordar es a The Golden Girls. Tres amigas que ya han dejado atrás la floreciente juventud se van a vivir juntas a una casa en una ciudad pequeña con una anciana respondona. La diferencia es que la juventud que han dejado atrás las chicas de Hot in Cleveland ha sido mucho más corta, porque siendo de Los Ángeles a los 40 ya se es toda una anciana. Cuando llegan —por accidente— a Cleveland descubren que allí aún se les considera jóvenes y atractivas, y que además pueden pedir patatas fritas sin que nadie les mire mal. El sueño de cualquiera.

Las similitudes no acaban ahí: de las tres protagonistas, una es la devorahombres sin remedio, otra la cínica amargada de buen corazón y la última, el alma cándida y bondadosa. Vamos, las chicas de plata. Precisamente ahí es donde radica su esplendor, y es que The Golden Girls tampoco era el colmo de la originalidad. Eran las respuestas ingeniosas y los dobles sentidos lo que la hicieron legendaria, y eso es también lo que hace brillar a Hot.

Sin embargo, no todo es de color de rosa dorado. Después de haber visto el piloto, la serie puede seguir dos caminos: uno, escalar posiciones y llegar a igualar a su antecesora moral en ingenio; o dos, mantenerse en la misma posición y, sin alcanzar nunca la genialidad de su antepasada, pasar un poco desapercibida mientras algunos la disfrutamos como un placer culpable.