Hot in Cleveland: ¿no nos habíamos vuelto tan sofisticados?

Nos hartamos de decir, desde el más humilde bloguero hasta el más entronado gurú de la televisión, que las audiencias de hoy en día son mucho más sofisticadas que antes, y que lo que triunfó otrora hoy en día no se comería un colín. Bueno, ¿pues saben ustedes lo que es eso? Una solemne estupidez. Porque ha llegado Hot in Cleveland y nos ha enseñado que las sofisticadísimas audiencias que están de vuelta de todo adoran una comedia de situación formulaica y comodona.

¿Pero cómo digo esta barbaridad? Dexter es una serie de esas sofisticadas, para las audiencias modernas, en un canal de cable exactamente igual que se emite Hot in Cleveland. La audiencia tope para Dexter es de menos de dos millones de espectadores. Lo cual es un éxito arrollador: comparativamente, el programa estrella de Starz es Spartacus: Blood and Sand y no ha llegado nunca al millón de espectadores. ¿Cuánto creen que sacó Hot in Cleveland en su final de temporada? 3.4 millones.

Y eso sin misterios sin resolver, sin humo negro, sin conspiraciones gubernamentales, sin giros de la trama. Solo con cuatro actrices cómicas, diálogos ingeniosos y tres decorados permanentes: la cocina, el salón y el porche. Aún no he terminado la temporada —me quedé por el sexto episodio y aún no me he puesto al día— pero tengo que decirles que no me sorprende lo más mínimo. Cuando a principios de esta temporada vi la abominación que había resultado ser Hank —el bodrio de Kelsey Grammer— no dudé en vaticinar el fin de la sitcom tradicional. Y sin embargo, ha hecho falta que un recién llegado a la producción de series originales, TV Land, nos demuestre que el género está más vivo que nunca.

Si todavía no han visto Hot in Cleveland, les recomiendo que lo hagan. No es Lost ni Fringe, y ese es precisamente su punto fuerte.