[Recap] 2×02 The Big C: Musical Chairs

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Tenemos la mala costumbre de sentirnos el centro del universo, pero tarde o tempranos nos acabamos dando cuenta de que el mundo sigue girando a pesar de nosotros. El juego de las sillas musicales define a la perfección la situación en la que se encuentra Cathy al inicio de esta segunda temporada, pero en España decimos que quién fue a Sevilla perdió su silla y, en varios sentidos, este dicho le viene como anillo al dedo a este episodio.

Por si Cathy no tuviese suficiente con tener que luchar contra un cáncer persistente, además debe soportar como su entorno (y periferia) la trata de manera diferente. En su vuelta al instituto la reciben cancer faces por doquier, así que es natural que se sienta aliviada al reencontrarse con Andrea, que no se caracteriza precisamente por sus comentarios políticamente correctos. Es evidente que Cathy tiene mala cara pero sólo ella tiene la potestad de decírselo sin que le siente mal.

Y eso me lleva a la tan esperada (y peleada) visita al doctor Sherman, que no acaba resultado como pensaban. Ya comentamos que tal vez sus expectativas eran demasiado elevadas pero es que tiene que empezar a darse cuenta de que es imposible que con Sherman vaya a tener el mismo trato familiar (e íntimo) que tenía con Todd, pero tampoco puede exigirle que sea totalmente honesta con ella si apenas la conoce (aunque no desaprovechó la ocasión para lanzarle una pequeña puñadada a Paul por su sobrepeso).

Sherman, alias The Great Shermtini (interpretado por un grandísimo Alan Alda), tiene muchos años de experiencia a sus espaldas y sabe que no puede hacer más magia que la que hace para los niños enfermos. La gente muere continuamente y nadie es insustituible (como bien comprobó Cathy al ver como sus alumnos le habían cogido cariño a su sustituta), sólo pueden seguir trabajando para que ocurra lo menos posible. Y aunque es una verdad universalmente conocida, cada paciente es un mundo y por mucho que Cathy diga necesitar que sean brutalmente honestos con ella, tal vez Nadine necesitaba todo lo contrario y lo mejor era ocultarle el estado real de su enfermedad. Si le quedaban dos días ¿para que hacerla sufrir? Y por otro lado, ¿qué gana Cathy haciéndose la digna y quejándose de que le den el puesto de Nadine? Absolutamente nada.

La que sí es brutalmente honesta es Rebecca, aunque no sé hasta qué punto eso es fruto de su inconsciencia. No para de recordarle a todo el mundo que Cathy está enferma y que puede que no dure demasiado, pero aunque eso puede parecer molesto, la gota que colma el vaso es que decida llamar a su bebé Cathy. ¡En qué cabeza cabe! ¿No entiende que más que un homenaje parece como si le estuviese buscando una sustituta? Sean necesita medicarse pero Rebecca tampoco es que esté demasiado cuerda. Por cierto, Sean parece que ha entrado en razón y que empezará a medicarse por el bien de su futura hija pero, sobre todo, para volver a integrarse a la familia. Tengo curiosidad por ver a ese Sean medicado que se pone camisas y ve la televisión.

Y por último, me he dejado a Adam, que le está empezando a sacar partido a ser el chico del cáncer. Tiene que pagar el peaje de que todos le miren con cara de pena y que le regalen postales y magdalenas de mal gusto (lo digo por lo de la C), pero eso no es todo ya que el cáncer de su madre ha conseguido que hace que la problemática Ruby se ofrezca a hacerle sentir mejor. No está nada mal ¿no?

Ahora habrá que esperar a que Cathy empiece el tratamiento (que lo hará seguro) y veremos si le ayuda en algo el amuleto de la suerte de Nadine. Por cierto, sus visiones de Marlene han parado en cuanto la Interleucina ha desaparecido de su organismo. ¿Reaparecerá con el nuevo tratamiento?